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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica"

I Trimestre de 2008 
El discipulado 

Notas de Elena G. de White 



El discipulado bajo presión 



Sábado 1° de marzo 

Dios no puede aprobar a quien se asocie con los que se oponen a nuestra fe mostran- 
do un espíritu acusador y severo. Puede parecer que tiene celo por la verdad, pero es 
un celo no de acuerdo a ciencia. Ser despiadado, acusar a otros, dar expresión a jui- 
cios ásperos y severos, alimentar malos pensamientos, no es el resultado de la sabi- 
duría que proviene de lo alto, sino el fruto de una ambición no santificada... 

El lenguaje del cristiano debiera ser suave y circunspecto, pues su fe santa requiere de 
él que represente a Cristo ante el mundo. Todos los que habitan en Cristo manifestarán 
la bondad y cortesía que caracterizaban la vida del Maestro. Sus obras serán obras de 
piedad, equidad y pureza. Tendrán la mansedumbre de la sabiduría y ejercerán el don 
de la gracia de Jesús. Representarán la actitud y el espíritu que desean que su Padre 
celestial muestre hacia ellos (Manuscript Releases, tomo 15, p. 179; parcialmente 
en A fin de conocerle, p. 187). 

Cuando estemos tentados a abandonarnos al desaliento, estudiemos la vida y las expe- 
riencias de Cristo. Tuvo que contender con los poderes de las tinieblas para que no lo 
vencieran. Nosotros tenemos las mismas batallas que pelear, las mismas victorias que 
ganar. "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para 
que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (S. Juan 3:16). Es 
nuestro privilegio aferramos de la fortaleza del que puede salvar hasta lo sumo a todos 
los que acuden a Dios por medio de él. Él los invita a que presenten su caso ante el 
trono de la gracia y le entreguen su alma indefensa (Alza tus ojos, p. 250). 

Domingo 2 de marzo 
Lecciones en el mar 

...Ningún poder humano podía crear, de cinco panes de cebada y dos pececillos, bas- 
tantes comestibles para alimentar a miles de personas hambrientas. Y se decían unos 
a otros. "Éste verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo". 

Durante todo el día esta convicción se había fortalecido. Ese acto culminante les ase- 
guraba que entre ellos se encontraba el Libertador durante tanto tiempo esperado. Las 
esperanzas de la gente iban aumentando cada vez más. Él sería quien haría de Judea 
un paraíso terrenal, una tierra que fluyese leche y miel. Podía satisfacer todo deseo. 
Podía quebrantar el poder de los odiados romanos. Podía librar a Judá y Jerusalén. 
Podía curar a los soldados heridos en la batalla. Podía proporcionar alimento a ejércitos 



enteros. Podía conquistar las naciones y dar a Israel el dominio que deseaba desde 
hacía mucho tiempo. 

En su entusiasmo, la gente estaba lista para coronarle rey en seguida. Se veía que él 
no hacía ningún esfuerzo para llamar la atención a sí mismo, ni para atraerse honores. 
En esto era esencialmente diferente de los sacerdotes y los príncipes, y los presentes 
temían que nunca haría valer su derecho al trono de David. Consultando entre sí, con- 
vinieron en tomarle por fuerza y proclamarle rey de Israel. Los discípulos se unieron a 
la muchedumbre para declarar que el trono de David era herencia legítima de su Maes- 
tro. Dijeron que era la modestia de Cristo lo que le hacía rechazar tal honor. Exalte el 
pueblo a su Libertador, pensaban. Véanse los arrogantes sacerdotes y príncipes obli- 
gados a honrar a Aquel que viene revestido con la autoridad de Dios. 

Con avidez decidieron llevar a cabo su propósito; pero Jesús vio lo que se estaba tra- 
mando y comprendió, como no podían hacerlo ellos, cuál sería el resultado de un mo- 
vimiento tal... Llamando a sus discípulos, Jesús les ordenó que tomasen el bote y vol- 
viesen en seguida a Capernaúm, dejándole a él despedir a la gente. 

Nunca antes había parecido tan imposible cumplir una orden de Cristo. Los discípulos 
habían esperado durante largo tiempo un movimiento popular que pusiese a Jesús en 
el trono; no podían soportar el pensamiento de que todo ese entusiasmo fuera reducido 
a la nada. Las multitudes que se estaban congregando para observar la Pascua an- 
helaban ver al nuevo Profeta. Para sus seguidores, ésta parecía la oportunidad áurea 
de establecer a su amado Maestro sobre el trono de Israel. En el calor de esta nueva 
ambición, les era difícil irse solos y dejar a Jesús en aquella orilla desolada. Protestaron 
contra tal disposición; pero Jesús les habló entonces con autoridad que nunca había 
asumido para con ellos. Sabían que cualquier oposición ulterior de su parte sería inútil, 
y en silencio se volvieron hacia el mar. 

Jesús ordenó entonces a la multitud que se dispersase; y su actitud era tan decidida 
que nadie se atrevió a desobedecerle. Las palabras de alabanza y exaltación murieron 
en los labios de los concurrentes. En el mismo acto de adelantarse para tomarle, sus 
pasos se detuvieron y se desvanecieron las miradas alegres y anhelantes de sus ros- 
tros. En aquella muchedumbre había hombres de voluntad fuerte y firme determinación; 
pero el porte regio de Jesús y sus pocas y tranquilas palabras de orden apagaron el 
tumulto y frustraron sus designios. Reconocieron en él un poder superior a toda autori- 
dad terrenal, y sin una pregunta se sometieron (El Deseado de todas las gentes, pp. 
340-342). 

Lunes 3 de marzo 

Lecciones en el mar (continuación) 

En ocasión del ungimiento de los pies de Cristo por parte de María, el lado oscuro del 
carácter de Judas se manifestó. Frente a una crisis en su vida, el rasgo dominante de 
su carácter tomó la supremacía sobre cualquier otro. La codicia, que es idolatría, había 
sido cultivada y fortalecida en su corazón, y cuando llegó la tentación, cedió a su con- 
trol. Las tentaciones de Satanás siempre encontrarán respuesta de parte de los ele- 
mentos depravados del carácter humano que no han sido resistidos y vencidos. La co- 
dicia y avaricia que Judas había desarrollado por años se mostró abiertamente; su acti- 



tud coincidía con los planes satánicos, y al ceder a la tentación triunfó la maldad. Aun- 
que era un profeso seguidor de Jesús, en su corazón y en su carácter se seguía forta- 
leciendo la impiedad. Jesús conocía sus transgresiones y se entristecía que aquel que 
era contado entre los doce, no aceptara ni cumpliera sus consejos. 

Los demás discípulos no podían discernir la maldad en el corazón de Judas porque 
sólo el ojo de Dios puede ver los motivos escondidos y los deseos no santificados. 
Cuando se da la bienvenida a un pensamiento impuro; cuando se acaricia un deseo no 
santificado; cuando se tiene un propósito rebelde, se mancha la pureza del alma y se 
pierde la inocencia. Entonces prevalecen las tentaciones y el mal gana la victoria. "Ca- 
da uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Enton- 
ces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, 
siendo consumado, da a luz la muerte" (Santiago 1:14, 15). Un individuo es tentado 
cuando algo es atractivo o lujurioso le es presentado, y está dispuesto a dejar a un lado 
sus principios y a violar su conciencia para hacer algo que sabe que es incorrecto. Ése 
fue el caso de Judas; no tenía aceite en su lámpara; profesaba tener un profundo in- 
terés por los pobres, pero sólo era hipocresía. Delante de los demás quería dar la im- 
presión de ser un hombre piadoso, cuando en realidad era un pecador que se engaña- 
ba a sí mismo (Signs ofthe Times, 18 de diciembre, 1893). 

Hasta ese momento los discípulos no sabían que Judas era ladrón; lo supieron des- 
pués. Aunque había estado con Cristo durante su ministerio, su avaricia no había sido 
curada; por el contrario, la seguía considerando como un precioso tesoro. Las lecciones 
de Cristo acerca de la abnegación no habían sido atendidas y su amor por el dinero lo 
llevaba a idolatrar la bolsa confiada a su cuidado para atender las necesidades de los 
pobres y de la iglesia. ¿Por qué, entonces, siendo que Cristo conocía el punto oscuro 
en el corazón de Judas, le permitió permanecer entre los discípulos? ¿Por qué, si sabía 
que era deshonesto y avaro, le fue confiada la bolsa? El Señor permite que los que 
están en posiciones de confianza permanezcan en sus puestos para que su corazón 
sea probado y su carácter expuesto. Entonces se revelarán los defectos y las tenden- 
cias a actuar incorrectamente; las circunstancias revelarán la corrupción interior de 
aquel que acaricia un espíritu avaro y codicioso (Manuscrípt Releases, tomo 20, p. 
146). 

Martes 4 de marzo 

La levadura de los fariseos 

"Y envió mensajeros delante de sí, los cuales fueron y entraron en una ciudad de los 
samaritanos, para prevenirle". Pero los habitantes rehusaron recibirle, porque estaba 
en camino a Jerusalén. Interpretaron que esto significaba que Cristo manifestaba prefe- 
rencia por los judíos, a quienes ellos aborrecían con acerbo odio. Si él hubiese venido a 
restaurar el templo y el culto en el monte Gerizim, le hubieran recibido alegremente; pe- 
ro iba en camino a Jerusalén, y no quisieron darle hospitalidad. ¡Cuan poco compren- 
dieron que estaban cerrando sus puertas al mejor don del cielo! Jesús invitaba a los 
hombres a recibirle, les pedía favores, para poder acercarse a ellos y otorgarles las 
más ricas bendiciones. Por cada favor que se le hacía, devolvía una merced más valio- 
sa. Pero aquellos samaritanos lo perdieron todo por su prejuicio y fanatismo. Santiago y 
Juan, los mensajeros de Cristo, se sintieron vejados por el insulto inferido a su Señor. 
Se llenaron de indignación porque él había sido tratado tan rudamente por los samari- 



taños a quienes estaba honrando con su presencia. Poco antes, habían estado con él 
en el monte de la transfiguración, y le habían visto glorificado por Dios y honrado por 
Moisés y Elias. Pensaban que esta manifiesta deshonra por parte de los samaritanos, 
no debía pasarse por alto sin un notable castigo. 

Al volver a Cristo, le comunicaron las palabras de los habitantes del pueblo, diciéndole 
que habían rehusado darle siquiera albergue para la noche. Pensaban que se le había 
hecho un enorme agravio, y al ver en lontananza el monte Carmelo, donde Elias había 
matado a los falsos profetas, dijeron: "¿Quieres que mandemos que descienda fuego 
del cielo, y los consuma, como hizo Elias?" Se sorprendieron cuando vieron que Jesús 
se apenaba por sus palabras, y se sorprendieron aun más cuando oyeron su reproche: 
"Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del hombre no ha venido para 
perder las almas de los hombres, sino para salvarlas". 

¡Qué lección para aquellos que están encendidos de celo religioso, y dispuestos a 
hacer sufrir a aquellos cuyas creencias no están de acuerdo con las suyas! ¡Qué repro- 
che para quienes son rápidos en proferir palabras duras y manifestar un espíritu con- 
denatorio hacia aquellos que tienen ideas que no están en armonía con sus teorías! 

El reproche dado a Santiago y Juan llega hasta nuestro tiempo. Muchos revelan los 
atributos satánicos al tratar de obligar a sus prójimos a creer como ellos creen; al que- 
rer castigar a quienes ellos piensan que deshonran a Cristo. Estos creyentes pueden 
decir que están luchando por la verdad y la justicia y que lo hacen para honrar a Dios. 
Pueden pensar de sí mismos que son justos, pero Cristo les dice como les dijo a sus 
discípulos: "Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del hombre no ha 
venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas". En su trato con los 
samaritanos, Cristo nos ha mostrado que aunque la gente se manifieste abiertamente 
en contra de él, sus seguidores no deben mostrar odio y revancha contra los que se 
oponen (Review and Herald, 7 de febrero, 1899; parcialmente en El Deseado de 
todas las gentes, pp. 450, 451). 

Miércoles 5 de marzo 
Lecciones del temor 

Temerario, agresivo, confiado en sí mismo, rápido para percibir y apresurado para ac- 
tuar, pronto para vengarse, y, sin embargo, generoso para perdonar, Pedro se equivocó 
a menudo, y a menudo fue reprendido. No fueron menos reconocidas y elogiadas su 
lealtad afectuosa y su devoción a Cristo. El Salvador trató a su impetuoso discípulo con 
paciencia y amor inteligente, esforzándose por reprimir su engreimiento y enseñarle 
humildad, obediencia y confianza. Pero la lección fue aprendida sólo en parte... Repeti- 
das veces Jesús le advirtió que negaría que le conocía. Del corazón apenado y amante 
del discípulo brotó la declaración: "¡Señor, dispuesto estoy para ir contigo a la cárcel, y 
a la muerte!"... 

Cuando Pedro negó en la sala del tribunal que conocía al Salvador; cuando su amor y 
lealtad, despertados por la mirada de compasión, amor y pena del Salvador le hicieron 
salir al huerto donde Cristo había llorado y orado; cuando sus lágrimas de remordimien- 
to cayeron al suelo que había sido humedecido con las gotas de sangre de la agonía 
del Señor, las palabras del Salvador: "Mas yo he rogado por ti" fueron un sostén para 



su alma. Cristo, aunque había previsto su pecado, no lo había abandonado a la deses- 
peración (Conflicto y valor, p. 313). 

Si Pedro hubiera caminado humildemente con Dios, y ocultado el yo en Cristo; si hubie- 
ra buscado fervientemente la ayuda divina; si hubiera sido menos confiado en sí mis- 
mo; si hubiera recibido la instrucción del Señor y la hubiera puesto en práctica, habría 
velado en oración, y habría obrado su propia salvación con temor y temblor. Si se 
hubiera examinado íntimamente a sí mismo, el Señor le habría dado ayuda divina, y no 
hubiera habido necesidad de que el Señor lo zarandeara... No hay poder en toda la 
fuerza satánica que pueda incapacitar al alma que confía, en sencilla confianza, en la 
sabiduría que procede de Dios... 

El cuidado que Cristo manifestó por Pedro fue la causa de su restauración. Satanás no 
podía hacer nada contra la todopoderosa intercesión de Cristo. Y la oración que Cristo 
ofreció por Pedro la ofrece por todos los que son humildes y contritos de corazón (Hijos 
e hijas de Dios, p. 93). 

Pedro, confiando en sí mismo, fue presuntuoso y cayó. Aprendamos la lección. No fije- 
mos nuestros ojos en aquellos que, por conocer la verdad, piensan que pueden hacer 
las cosas como les place. Lo que necesitamos es fe; una fe fuerte y perseverante; una 
confianza plena en Dios. Nuestra fuerza no depende de lo que nosotros mismos - 
pobres y débiles mortales- podamos hacer, sino en lo que Cristo puede hacer por noso- 
tros. De esa manera aprenderemos la lección enseñada por Cristo (Battle Creek Let- 
ters, p. 77). 

Cuando por tercera vez Cristo preguntó a Pedro: "¿Me amas?" la sonda llegó al fondo 
del alma. Reprendido por su propia conciencia, Pedro cayó sobre la Roca, diciendo: 
"Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo". 

Ésta es la obra que está delante de cada alma que ha deshonrado a Dios y entristecido 
el corazón de Cristo al negar la verdad y la justicia. Si el alma examinada soporta el 
proceso de prueba sin que el yo despierte a la vida sintiéndose herido y ultrajado bajo 
la prueba, ese cuchillo agudo revela que el alma está realmente muerta al yo, mas viva 
para Dios. 

Algunos aseguran que si un alma tropieza y cae, nunca puede recobrar su posición; pe- 
ro el caso que estamos considerando contradice esto... Al encomendar a su cuidado las 
almas por las que había dado su restauración. Y no sólo se le encargó alimentar a las 
ovejas, sino a los corderos: una obra más amplia y más delicada que la que hasta en- 
tonces se le había asignado (Conflicto y valor, p. 322). 

Jueves 6 de marzo 

El discipulado y la testificación 

Entristeció al Salvador el hecho de que sus discípulos no comprendieran el carácter de 
su reino. Les había dicho claramente la humillación, el sufrimiento y la muerte que le 
esperaban, pero ellos parecían incapaces de entenderlo. Por el contrario, mientras 
Jesús se dirigía hacia su juicio y su muerte, ellos discutían acerca de quién debería ser 
el mayor en su reino. Judas se contaba entre los doce; había sido aceptado no porque 



fuese perfecto sino a pesar de sus imperfecciones. Pedro, Santiago y Juan tampoco 
eran perfectos, pero fueron recibidos para que mediante el ejemplo y las palabras de 
Cristo sus caracteres pudieran ser moldeados. Judas había sido testigo del poder que 
los demás discípulos habían mostrado frente a los demonios y había visto que éstos se 
le sujetaban. Tanto Judas como los demás discípulos no soportaban la idea de la humi- 
llación y muerte del Señor, porque esto significaría el fin de todas sus esperanzas. Sin 
embargo, cuando Cristo les habló claramente de su verdadera misión, percibieron, por 
lo menos en parte, el beneficio espiritual que su acción traería y no se sintieron ofendi- 
dos (Signs ofthe Times, 24 de diciembre, 1894). 

Si los discípulos creyesen en esta relación vital entre el Padre y el Hijo, su fe no los 
abandonaría cuando vieran los sufrimientos y la muerte de Cristo para salvar a un 
mundo que perecía. Cristo estaba tratando de conducirlos de su poca fe a la experien- 
cia que podían recibir si realmente comprendían lo que era: Dios en carne humana. 
Deseaba que viesen que su fe debía llevarlos hacia arriba, hacia Dios, y anclarse allí. 
¡Con cuánto fervor y perseverancia procuró nuestro compasivo Salvador preparar a sus 
discípulos para la tormenta de tentación que pronto iba a azotarlos! Él quería que estu- 
viesen ocultos con él en Dios. 

Mientras Cristo pronunciaba estas palabras, la gloria de Dios resplandecía en su sem- 
blante, y todos los presentes sintieron un sagrado temor al escuchar sus palabras con 
arrobada atención. Sus corazones fueron más decididamente atraídos hacia él; y mien- 
tras eran atraídos a Cristo con mayor amor, eran también atraídos los unos hacia los 
otros. Sentían que el cielo estaba muy cerca, y que las palabras que escuchaban eran 
un mensaje enviado a ellos por su Padre celestial (El Deseado de todas las gentes, p. 
619). 

Hermano cristiano, Satanás conoce tu debilidad; por lo tanto atérrate a Jesús. Perma- 
neciendo en el amor de Dios, puedes soportar toda prueba. Sólo la justicia de Cristo 
puede darte poder para resistir a la marea del mal que arrasa al mundo. Introduce fe en 
tu experiencia. La fe alivia toda carga y todo cansancio. Si confías de continuo en Dios, 
podrás comprender las providencias que te resultan ahora misteriosas. Recorre por la 
fe la senda que él traza. Tendrás pruebas; pero sigue avanzando. Esto fortalecerá tu fe, 
y te preparará para servir. Los anales de la historia sagrada fueron escritos, no sim- 
plemente para que los leamos y nos maravillemos, sino para que obre en nosotros la 
misma fe que obró en los antiguos siervos de Dios. El Señor obrará ahora de una ma- 
nera que no será menos notable doquiera haya corazones llenos de fe para ser instru- 
mentos de su poder (Profetas y reyes, pp. 129, 130). 

Viernes 7 de marzo 
Para estudiar y meditar 

El Deseado de todas las gentes, pp. 300-309; 340-346; 378-392; 738-742; Palabras 
de vida del gran Maestro, p. 22; El conflicto de los siglos, pp. 397, 398.